En una entrada anterior explicaba la sorpresa que me supuso que la Editorial NEVERLAND contactara conmigo sin haber recibido siquiera un fragmento de mi novela. Ese interés vino motivado por unas breves columnas de opinión que les envié a modo de muestra, vestigios de mi antigua actividad como columnista en cierto periódico digital.
Aquí dejo el segundo de aquellos textos. Al igual que su predecesor, el tema tratado tiene bastante que ver con la época histórica en torno a la que gira el Medallón. O más bien con la herencia que ésta nos dejó: la Guerra Fría. Y también de la misma forma, creo que en absoluto ha perdido vigencia.
Sección Nacional - Columnas de Opinión
Ignacio Arruego | Martes, 28 de marzo de 2006
"Símbolos caídos"
La pasada semana se produjo la demolición de las instalaciones de Radio
Liberty en la playa de Pals, Gerona. Me impresionó la imagen de esas
enormes antenas de onda larga, blancas y rojas, envueltas en una nube de polvo
al tiempo que caían. No era una demolición cualquiera. La de un edificio que
incumpliese la ley de costas, por ejemplo. Claro que de éstas no se ve ni una.
No interesa. Era algo más: la caída de todo un símbolo de otra época.
Radio Liberty nace a mediados de los cincuenta, en pleno clima de tensión
entre las dos potencias supervivientes de la II Guerra Mundial:
Estados Unidos y la
Unión Soviética. Financiada por la CIA y puesta en manos del
AMCOMLIB (American Comittee for Liberation from Bolchevism), fue este
organismo quien decidió su localización en la costa gerundense, por las
especiales características del terreno y la presencia del mar Mediterráneo, que
favorecían la radio-propagación hacia el este de Europa y la URSS. Su objetivo, como es
fácil imaginar, era realizar emisiones propagandísticas anti-comunistas.
En aquella época España empezaba a
abandonar tímidamente el aislamiento internacional en que llevaba sumida la
última década. Al término de la citada guerra, la recién creada ONU se mostró
esquiva con nuestro país. Entre otras razones por la oposición de EEUU a
integrar en ella un régimen dictatorial europeo como el de Franco. Pero,
paradojas de la vida, diez años más tarde el detestable generalillo español
podía convertirse en un punto de apoyo en la lucha de los adalides del mundo
libre contra el terror comunista. De pronto la identidad del verdadero enemigo,
del auténtico peligro, aparecía nítida en la mente de los estadounidenses. Y
España se presentaba como un enclave geoestratégico de indudable importancia.
La falta de libertad, la represión, en fin, la barbarie del franquismo,
quedaban relegadas a un segundo plano.
Así que en 1953 se firma el tratado de cooperación en virtud del cual Franco
recibe diversas ayudas económicas, a cambio de permitir la instalación de bases
militares norteamericanas en su territorio. La resolución de la ONU que desde 1946 aconsejaba
la retirada de embajadores de España es revocada, y finalmente el país es
aceptado en la
Organización dos años más tarde. Los estadounidenses
obtuvieron a cambio un lugar privilegiado donde aparcar sus aviones. Y
obviamente no sólo eso.
Conque la destrucción de esas tremendas antenas es quizá algo más de lo que
parece a simple vista. El franquismo acabó, o más bien murió. El comunismo
demostró por sí mismo al mundo lo que era obvio, es decir, su naturaleza de
utopía absurda en el mejor de los casos, y un día amaneció un mundo en el que
la antigua Unión Soviética de descomponía y los fragmentos del otrora temible
muro de Berlín servían como decoración o recuerdo macabros. Y Radio Liberty
dejó de tener sentido. A mediados de 2001 la emisora dejaba de transmitir.
Puede que haya terminado una era. Que los últimos vestigios de la misma
vayan cayendo uno a uno paulatinamente. Sin embargo el cambio de actitud de
Estados Unidos, el giro de ciento ochenta grados dado en apenas unos años, no
es algo exclusivo de aquel tiempo ni de aquel país; bien lo sabemos hoy.
Vivimos en un mundo en el que, para la mayoría de las personas, el fin justifica
los medios. Un mundo en el que un mal mayor resta importancia a uno menor. Y
por supuesto un mundo donde el dinero en todas sus formas, papel, metal o
petróleo, rige el destino de millones de personas; de decenas de países. Y el
juego de intereses creados que a fin de cuentas es la alta política
internacional, ha convertido aquel organismo, la ONU que nació con tan buenas intenciones, en un
circo de tres pistas con varios domadores.
Pero ese mundo sigue girando y las guerras azotándolo en una u otra latitud.
Aunque como todos sabemos, no todas las latitudes valen lo mismo. Ni nos
importa. Así pues no parece que hayamos aprendido gran cosa. Quizá una última
mirada atrás, al símbolo caído de lo que fueron las torres de Liberty, no esté
de más estos días.